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Profetas de la mañana

Hacia dónde caminan los besos inciertos 
cuando resbala la madrugada.
Peinamos  Gran Vía buscando huesos 
y luces verdes que nunca se apagan.
Alumbran las tragaperras profetas de la mañana.

Cuando nadie cierra por dentro y el sol hace de bisagra,
Comparto tu misma noria, la giro si no me paras.
En la Roma o en Palermo, en Gracia o
La Candelaria se acuesta la misma historia,
Soñando con ser soñada.

Estiramos la prórroga de este partido
Temiendo que el sol rasgue sus legañas.
Cruzamos los túneles sin aliento
Cuidando del otro con la mirada.
Camiones de la limpieza, auroras en la batalla.

Que tiemblen los Ministerios, que ardan las Embajadas.
Me subo a tu misma noria, la giro si no te enfadas.
En la Roma o en Palermo, en Gracia o
La Candelaria se acuesta la misma historia soñando con ser soñada.
 
Cuando nadie cierra por dentro y el Sol hace de bisagra
Comparto tu misma noria, la giro si no me paras.
En la Roma o en San Telmo,
En Gracia o en Malasaña se acuesta la misma historia,
Soñando con ser soñada. 


Vetusta Morla







Amada Regina

Joan Margarit

En todas las ciudades buscó siempre
un hotel que llevara el nombre de ella.
El Regina de Roma y su fachada
severa y gris, fascista, de granito.
El Regina de Londres, frente a un parque
tristísimo al crepúsculo. El Regina
con las piedras negruzcas de Bruselas.
El cálido Regina de París,
junto al «quai» solitario de barcazas.
El Regina y su zócalo de moho
lamido por las aguas oscuras de Venecia.
Y cuando ella murió, y él no viajaba ya,
el último Regina, en el bullicio
del centro, en Barcelona,
le acogió con sus gélidos espejos
y con su delicada marquesina
de hierro y de cristal en la calle Bergara.
Regina amada, hoteles y mujer:
algunos negros bultos en la noche,
la caldera encendida y los neones
de tu nombre, violentos de tanta soledad.
Ciudades que están llenas de imprevistos
hitos de amor.
Joan Margarit
Poesía amorosa completa

La ciudad de las delicias

Sergio DeCopete y García

Joven de diecinueve años y una habitación perdida,
muy pobre, en el centro más antiguo de Barcelona.
Desnudo abre la ventana y así respira
algo del gentío que madruga, de las labores,
del frescor de la mañana y de sus sueños.
Y es que son éstas las únicas horas
en que su alma descansa, en que su cuerpo
sen entrega al esfuerzo del deporte
y más tarde se sumerge en los textos en griego,
en castellano, en las sabias palabras.

Pero ¡ay! en cambio el anuncio de la tarde,
cuando las horas bajan y reposan y los colores
ceden sus energías a los jóvenes cuerpos.
¡Ay! el sopor del atardecer, tan delicado,
y la conversación distendida en los cafés,
el aroma de las flores, la algarabía de las ramblas.
Qué encantador y pintoresco resulta todo,
qué inofensivo, qué inocente.

Pero el muchacho, aunque extranjero,
conoce Barcelona mejor que muchos.
Sabe que la sonrisa de quince años que ciudad enseña,
que el leve rubor, que el brillo de sus ojillos,
no son, en absoluto, inocentes, que algo esconden,
y la ciudad, como él, espera impaciente - tiembla de excitación -
los gestos extasiados, los cuerpos entregados que, junto a la noches,
a vicios y placeres se entregan sin reparos.


Sergio DeCopete y García
La ciudad de las delicias

Nocturno Mediterráneo

Juan José Téllez
Hacia Orán, en una draga danesa, el camarote
de mi ánimo era un templo vacío.
«Yo nací en la Isla del Aire»,
repite el jefe de máquinas
junto a la fotografía de Nicole,
que del brazo condujo al paseo de los ingleses.

En el petate, llevo una vasija que en Beirut compré:
vino del Líbano bebíamos al cruzar el Bósforo,
tras los bombardeos y el mar de Mármara.
Un sacerdote, en Bizancio, desconoce
que el Coliseo resistió a los bárbaros.

Fui inocente en Bengasi.
A cuchillo maté al joyero de Esmirna
y sólo por despreciar la música de un zíngaro.
Cuentan que allí reposan, sin vida, los dioses griegos.

Cuando arribamos a Malta, había fiesta en el puerto.
Los organillos sonaban a Barcelona y a Sirte.
Recuerdas que Paola era morena y sucia.
La vendieron desnuda a los mercaderes de la Cirenáica
pero ayer la vi junto al Canal de Otranto
y nos gritó que el Etna iba a estallar de nuevo.
Juan José Téllez
Daiquiri