Sombras
Verano en Sarajevo
un tumulto de ancianos vigila la ciudad.

No parece que pase ningún río.
28 de junio,
una placa recuerda los disparos que siguieron después
hasta llenar de huérfanos las plazas.
Sin hermanos mayores,
la vida en Sarajevo se parece a un tranvía.
No ha cubierto la hierba llas llagas de sus parques,
sólo los gatos saben dónde ir,
han tomado las calles
y hay cartones de leche delante de las puertas.
Se estrelló la miseria en las paredes,
no han podido los árboles ocultar la evidencia.
Junto al estadio olímpico
deambulan fantasmas entre las margaritas.
No existe periferia en Sarajevo,
los teléfonos hablan con sigilo
del humo blanco de las chimeneas
y sus cinco montañas
advierten de la lluvia sobre las tejas rojas.
Ha bajado el infierno a esta ciudad,
se ha llenado de rostros
convertidos en piel de los mercados,
en vigas de madera que sostuvieron túneles
y en un amor tan simple como el pulso.
No parece que pase ningún río,
aunque los puentes crucen hacia el norte
y el verano parezca
un lugar donde pueden descansar los pulmones,
un horizonte nuevo que viaja en los tranvías.
Cinco elegías para un siglo (iv)
pero Osip Maldelshtam no tiene prisa.
Pasea por las calles y por los bulevares

agarrado del traje por un recuerdo escaso.
Piensa en cómo es su época, en el tercio de un siglo
que anunciaba un pronóstico de rabia.
Qué áspero es el tiempo, sin embargo
hoy me gusta agarrarlo por la cola.
Después regresa a casa y siente frío:
El aire puede ser oscuro como el agua.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío
Cinco elegías para un siglo (iii)
31 de agosto
de mil novecientos cuarenta y uno.
Marina Tsvietaieva mira al suelo
después de la tristeza y las humillaciones,
escribe a tres amigos, entre ellos Nikoài:
- Y a mí discúlpeme, no pude más.
Después en Elabuga canta un mirlo
que ha aprendido a volar.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío
Cinco elegías para un siglo (ii)

las noches son tan largas como el frío,
tan largo es el dolor como las noches.
Es un día muy nuevo
de mil novecientos noventa y tres,
Izet Sarajlie piensa en los tranvías,
en Roma y en París,
en Mikica que duerme después de treinta horas
lloviendo las granadas.
Entonces siente lástima y recuerda
que un día fue posible levantarse temprano
y coger margaritas con la mujer que aún ama.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío
Cinco elegías para un siglo (i)

de una noche de otoño
de mil novecientos setenta y cuatro.
Jaroslav Seifert busca
un paisaje que pueda sostenerse
dentro de algún poema,
empieza a sentir frío cuando piensa:
Esta ciudad es mía
o al menos a mí me decidió el destino.
Después regresa a casa, despreocupado y solo,
ya no hay rincón oscuro donde arrugar pasiones.
Todo quedó en silencio.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío
Una araña me observa desde un viejo molino de viento en la ciudad de Brujas
De los amarraderos del Dijver
los turistas buscan fotos imposibles,
paisajes sorprendentes

historias de la Historia,
leyendas que después contarán en lugares
repletos de temores y de cafeterías.
Pero tú, tú si entiendes del tiempo.
Tus huellas legendarias convierten lo que tocan
en cómplices de siglos y abandono.
- Tal vez no somos tan distintos,
es cuestión de fortuna y perspectiva.
Reconozco tu voz en las habitaciones
a las que yo no vuelvo:
también estarán solas.
Reconozco tu piel en todas las mujeres
desnudas del pasado,
en los rostros que vuelven
sin mirarme a los ojos.
No conoces ciudades sin conciencia en la piedra.
Por tu tiempo importuno,
tu soledad tan simple,
te propongo este pacto:
Yo te dejo mis dudas para venir al mundo,
tú me dejas las tuyas para volver al mío.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío
En Amsterdam el sol se parece a un ahogado
Un funeral de viento y avenidas
sin campanas, ni lluvia, ni cadáver.
Nadie sabe su nombre a pesar del tumulto.

Las prostitutas lloran sin calcular el tiempo,
los hombres de negocios se detienen y saben
la longitud del día,
los náufragos se quitan el sombrero,
saludan a las damas que muestran sus collares
de perlas y conchas.
Hoy el mar se ha callado por detrás de los diques.
Los puentes son inútiles a pesar del olor
que dejan los canales en los cuerpos.
Hoy todo se parece a un magnicidio.
Alguien dice mi nombre en Nieuwe Kerk.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío
Postal de Praga
a mi mundo de voces y fantasmas,
de ciudades que tienen un rincón
donde buscar la muerte.
Mi mundo es tan oscuro sin el tuyo...
Ahora miro al Moldava,
el agua se suicida en cada margen,
la ciudad está quieta,
es un dolor gris sin dioses ni esperanza,
muchas guerras después
aquí la gente huye
de cualquier ilusión pronosticable
y el cuerpo se contagia
de un temblor parecido a la humedad.
Las paredes son grises como el humo,
hay un final después de las palabras
que parece romperse.
Y en Vysehrad se mueren las palomas,
el invierno es tan frío que resulta
una herida en las manos y en los pies.
Pero aquí nadie tiembla, todos saben
que es cuestión de fortuna y de equilibrio.
Todos creen en la espera.
Y el dolor se acostumbra,
el tiempo se acostumbra,
el miedo y la tristeza se acostumbran
a vivir sin rencor.
Nada tiende a romperse, todo queda
empapado después de una tormenta,
de una frágil tormenta que sostiene
un milagro de voces,
un dolor tan amargo como el frío.
Fernando Valverde
Un Violinista Ciego en Central Park
No tienen corazón el lago ni el paisaje,
son un rincón de viento sin conciencia.
También son geométricas las manos y el oído,
heridas de edificios que sostiene la espalda
de aquel que los presiente, y pesan, y se escurren,
como todas las cosas que no pueden mirarse.
En esta soledad de diecisiete
millones de habitantes por las calles.
Ajeno a sus banderas,
el otoño prefiere los rincones
en los que nadie sabe la altura del asfalto.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío
En Florencia, en un rincón de vía San Zanoas, el tiempo parece detenido
que procuró a la piel de la tristeza
permanece en la lluvia de un recuerdo.
(Los años que han pasado la han traído
otras veces después como perdida
a este lugar lejano y tan difícil)
Mi madre la miraba con ojos derrotados,
parecía buscar un lugar apacible,
un minuto de paz donde llorar sin cotas.
(Siempre supo creer las historias más simples,
seguro que la tuvo prevista como un náufrago
prevé el fín del océano)
Pero la lluvia torpe, llegó para quedarse,
derribó una ciudad más nuestra que nosotros,
tuvo en las mano cuerpos que nunca se entregan.
Y el silencio dejó un final predecible,
el frío en la ciudad, los charcos en la acera,
y una luz que no supo convertirse en un faro.
Fernando Valverde
Razones para huir de una ciudad con frío

