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El viaje - IV - Split

Jesús Aguado

Lo que me duele
no es vivir de esta forma, a medias entre náufrago
y Ulises precavido, a medias entre

viajar atado a un mástil
por miedo a no saber callar a las sirenas
con un silencio pleno y poderoso

o arrojarme a las aguas cuando baja del cielo la tormenta
que precede al placer.

Me duele estar tan lejos de Split y no escucharte
decirme cómo soy:
un héroe y un cobarde al mismo tiempo,
por las mismas razones,
enfrentado a los mismo enemigos,
el invencible derrotado, el desertor que pone en fuga
a todos los ejércitos,
el héroe que conquista lo que el cobarde pierde.

En Split me contabas lo que sé
como si fuera nuevo, me hacías a tu imagen
respetando la imagen más profunda que a los dos nos supera
y que tiene que ver con el sentido primero de la muerte.
y me decías náufrago y Ulises
y luego me besabas todo el día.

Jesús Aguado
Mendigo

El viaje - V - Hvar

Jesús Aguado
Tal vez recuerdes tú, como yo los recuerdo,
los días en la isla,
los recuerdes igual de densos y de dulces
mientras oyes pasar las barcas y me dejas

las uvas de tus besos
una a una aplastadas en mi piel.
las campanas sonaban cada noche.
Cada noche, también, una orquesta tocaba
a la orilla del mar
y todas las parejas abrazadas rompían en su orilla.
Vivíamos desnudos y hechizados como un árbol dormido
o un castillo de arena que deshacen las olas.
Recordarás también la biografía de Kavafis que estábamos leyendo.
Y el restaurante aquel donde cenábamos a la luz de las velas,
las botellas temblando, las manos deshaciéndose en las manos.
Y tantas otras cosas sencillas: pasear,
tomar el sol, callarse,
jugar toda la noche a los naufragios.
En la isla de Hvar los ojos se cerraban
del tamaño del centro de la tierra.

Jesús Aguado
Mendigo

El viaje - III - Viena

Jesús Aguado
En Viena nos llovió.
Las tardes las pasábamos en cafés y museos.
- Gustav Klimt, Arcimboldo... -,
bailando un vals cuando escampaba
o jugando a los dados.
Apenas era azul el Danubio, aunque a veces
se vertía en nosotros:
el mar de nuestro amor desviaba su curso
(¿y al hacerlo también el de la historia?).

Allí necesité de todo mi sentido del misterio
para no abandonarte:
alguna voz potente me llamaba a escondidas por la noche,
quizás la del futuro, lugar a donde nunca llegaré,
una voz que brotaba de las sombras, helechos pegajosos, hurones ciegos,
la voz de los insomnes
que pude resistir
porque a mi lado tú
soñabas por los dos y sonreías.

Jesús Aguado
Mendigo