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Frío como el infierno

Benjamín Prado


Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
                 Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
                 lo mismo
que un oso en una jaula;
marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;

miro la calle;
                pienso en Pasolini;
coges una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.

                      La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.

                  Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
                   leo a Ungaretti,
pienso
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.

Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma

ni ninguna otra parte.
                          Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
                             de repente
alargas la mano,
que está en el otro lado de la mujer dormida...

Mientras,


yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caz lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.
Benjamín Prado
«Frío como el infierno», Todos nosotros

Amada Regina

Joan Margarit

En todas las ciudades buscó siempre
un hotel que llevara el nombre de ella.
El Regina de Roma y su fachada
severa y gris, fascista, de granito.
El Regina de Londres, frente a un parque
tristísimo al crepúsculo. El Regina
con las piedras negruzcas de Bruselas.
El cálido Regina de París,
junto al «quai» solitario de barcazas.
El Regina y su zócalo de moho
lamido por las aguas oscuras de Venecia.
Y cuando ella murió, y él no viajaba ya,
el último Regina, en el bullicio
del centro, en Barcelona,
le acogió con sus gélidos espejos
y con su delicada marquesina
de hierro y de cristal en la calle Bergara.
Regina amada, hoteles y mujer:
algunos negros bultos en la noche,
la caldera encendida y los neones
de tu nombre, violentos de tanta soledad.
Ciudades que están llenas de imprevistos
hitos de amor.
Joan Margarit
Poesía amorosa completa

Ciao Roma: "La grande bellezza" - Sigla finale

Kronos Quartet

The Beautitudes, Kronos Quatet
créditos finales de La Grande Bellezza, dir. Paolo Sorrentino

Autumn in Rome

Betty Page

Patti Page sings 'Autumn in Rome', 
from the film Indiscretion of an American Wife (1953), 
directed by Vittorio De Sica.


Autumn in Rome
My heart remembers fountains where children played 
Gardens where dreams were made

Autumn in Rome
Memories like embers glow 
When I seem to hear, “Arrivederci, dear.”

Walks beneath the pines that grace the golden sky
Stopping now and then to share a lover's sigh, you and I
Let winter come
All my Decembers I'll spend just dreaming of the way we fell in love 
One lovely Autumn in Rome

Walks beneath the pines that grace the golden sky
Stopping now and then to share a lover's sigh, you and I
Let winter come
All my Decembers I'll spend just dreaming of the way we fell in love 
One lovely Autumn in Rome

To whisper 'I love you'.

Ubi bene ibi patria

José Manuel Caballero Bonald

En San Pietro in Montoria las palomas
no vuelan, no se arrullan, permanecen
al borde del talud, entre las frondas polvorientas,
remisas y taimadas
como la historia escrita por sus protagonistas,
y allá lejos,
                     al fondo del Trastevere,
por la brumosas aulas del crepúsculo,
los muros ocres, malvas, imprecisos
de la ciudad relucen entre cultos tesoros
y magnánimas cláusula de un tiempo
que nos defiende
del ominoso asedio de los bárbaros.

En el mismo talud,
cerca ya del Templete donde anidan
los años sin vivir y las palomas,
comprendí que ya nunca me iría propiamente
porque ésa fue mi patria algunas noches.

(Marco Pacuvio)

J.M. Caballero Bonald

Lo que dejé por ti

Rafael Alberti

© Martha Wakeman. Early Morning Walk in Trastevere
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de mi vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río, 
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío,
dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.

Rafael Alberti

Roma

Sinan Gudzevic
En las termas de Roma una vez hubo bibliotecas:
En un aire fresco y limpio se podían leer los libros.
Hoy, entre los libros polvorientos, que manchan y provocan estornudos
serían más saludables las termas que las bibliotecas.

Dijo Demócrito que pensar en algo hermoso
era por sí mismo señal de tener una mente divina.
Por eso, una muchacha, desde hace meses aquí en Roma
es lo que añade también la mía a las mentes divinas.

Fue Parménides el primero en dar una prueba
de que la estrella de la mañana y la del atardecer eran la misma.
Una posible prueba se ofrece también a mí esta noche.
Quiero sabel cuál es. Me siento junto a la ventana y observo.
Sinan Gudzevic
Epigramas romanos

Cinco elegías para un siglo (ii)

Fernando Valverde
Rara vez amanece en Sarajevo
las noches son tan largas como el frío,
tan largo es el dolor como las noches.
Es un día muy nuevo
de mil novecientos noventa y tres,
Izet Sarajlie piensa en los tranvías,
en Roma y en París,
en Mikica que duerme después de treinta horas
lloviendo las granadas.
Entonces siente lástima y recuerda
que un día fue posible levantarse temprano
y coger margaritas con la mujer que aún ama.

Fernando Valverde

Razones para huir de una ciudad con frío

La muerte del Capitán Cook

Álvaro Mutis
Cuando le preguntaron cómo era Grecia, habló de una larga fila de casas de salud levantadas a orillas de un mar cuyas aguas emponzoñadas llegaban hasta las angostas playas de agudos guijarros, en olas lentas como el aceite.
Cuando le preguntaron cómo era Francia, recordó un breve pasillo entre dos oficinas públicas en donde unos guardias tiñosos registraban a una mujer que sonreía avergonzada, mientras del patio subía un chapoteo de cables en el agua.
Cuando le preguntaron cómo era Roma, descubrió una fresca cicatriz en la ingle que dijo ser de una herida recibida al intentar romper los cristales de un tranvía abandonado en las afueras y en el cual unas mujeres enbasamaban a sus muertos.
Cuando le preguntaron si había visto el desierto, explicó con detalle las costumbres eróticas y el calendario migratorio de los insectos que anidan en las porosidades de los mármoles comidos por el salitre de las radas y gastados por el manoseo de los comerciantes del litoral.
Cuando le preguntaron cómo era Bélgica, estableció la relación entre el debilitamiento del deseo ante una mujer desnuda que, tendida de espaldas, sonríe torpemente y la oxidación intermitente y progresiva de ciertas armas de fuego.
Cuando le preguntaron por un puerto del Estrecho, mostró el ojo disecado de un ave de rapiña dentro del caul danzaban las sombras del canto.
Cuando le preguntaron hasta dónde había ido, respondió que un carguero lo había dejado en Valparaíso para cuidar de una ciega que cantaba en las plazas y decía haber sido deslumbrada por la luz de la Anunciación.

Álvaro Mutis

Los trabajos perdidos