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Estambul

Carmelo Sánchez Muros

El corazón flotante me lleva por las aguas alteradas del Bósforo. Allí, Asia. Y Aquí, el centelleo áureo de la ciudad extendida, descendiendo hasta el agua para encontrar su líquido reflejo. La colina dispara minaretes al cierlo, sobre el Cuerno de Oro incendiado de la tarde. Bulle en la orilla el activo comercio, donde saltan los peces sus última agonía. Aya Sofía (la Sabiduría Santa) preside con su mole la cúpula del cielo, como un orbe de sangre sobre Constantinopla. Suena la voz de Alá, hacia los cuatro Puntos, recordando el precepto que impusiera el Profeta.

Las profundas cisternas, bajo el intenso tráfico, empozan capiteles en el rumor undísono de la líquida entraña de la ciudad frenética. El arrabal se alarga hasta la Mar de Mármara. Se orillan los palacios al borde del Estrecho, atesorando gemas que en sus quilates fulgen. En la ribera atracan, incesantes, los ferrys. Yo encamino mis pasos a la Puerta Sublime.

Carmelo Sánchez Muros

Memorias de Siete Leguas

Las ciudades

Las mañanas radiantes, tus mañanas.
México, Nueva York, El Cairo, Múnich.

La luz del sol helada en Nueva York,
El Cairo de los dioses que son soles,
único sol radiante mexicano,
resplandeciente luz sin sol de Múnich.

Mi alma es un paisaje de este mundo.
Mi alma coronada entre tus muros.
Tus muros las ciudades de mi mundo,
mañanas de mis ojos tus mañanas.

Las tardes luminosas del Hipódromo.
El fin que fue corona del principio
en Estambul, que fue Constantinopla.
Las radiantes mañanas de tus ojos.

II

Mis ojos despentando tus ciudades,
la tarde oscurenciendo mis mañanas,
la tarde sin tus luces coronada,
las sombras de la tarde entre mis muros.

Mi mundo sin tus muros coronado,
la soledad, el cerco sosegaba,
las sombras despejándose en mi alma,
las mañanas de luz en tus ciudades.

No hay mañanas triunfantes, tus mañanas,
sólo muros creciendo entre las sombras,
las sombras de tus tardes en mis ojos,
las noches de tu alma en mi mirada.

Corona de luceros mis ciudades,
la historia entre las sombras de la tarde,
mi alma liberada entre los muros,
recordando mi mundo y tus ciudades.

Julia Barella

C.C.J. en las ciudades

Cuando los barcos navegaron sobre la tierra (Constantinopla)

Eduardo Galeano
El emperador Constantino bautizó con su nombre a la ciudad de Bizancio, y se llamó Constantinopla este estratégico punto de encuentro entre Asia y Europa.
Mil cien años después, cuando Constantinopla sucumbió al asedio de las tropas turcas, otro emperador, otro Constantino, murió con ella, peleando por ella, y entonces la Cristiandad perdió su puerta abierta al Oriente.
Mucha ayuda habían prometido los reinos cristianos; pero a la hora de la verdad, Constantinopla, sitiada, asfixiada, murió sola. Los enormes cañones de ocho metros, perforadores de murallas, y el insólito viaje de la flota turca, resultaron decisivos en el derrumbe final. Las naves turcas no habían podido vencer las cadenas, atrevesadas bajo las aguas, que les impedían el paso, hasta que el sultán Mehmet dio una orden jamás escuchada: mandó que navegaran sobre la tierra. Apoyadas en plataformas rodantes y tiradas por muchos bueyes, las naves se deslizaron por la colina que separaba el mar Bósforo del Cuerno de Oro, cuesta arriba y cuesta abajo, en el silencio de la noche. Al amanecer, los vigías del puerto descubrieron, horrorizados, que la flota turca emergía ante sus narices, por arte de magia, en las aguas prohibidas.
A partir de entonces, el cerco, que era terrestre, se completó por mar, y la matanza final enrojeció la lluvia.
Muchos cristianos buscaron refugio en la inmensa catedral de Santa Sofía, que nueve siglos antes había brotado de un delirio de la emperatriz Teodora. Metidos en la catedral, esos cristianos esperaban que del cielo bajara un ángel y corriera a los invasores con su espada de fuego.
El ángel no vino.
Sí vino el sultán Mehmet, que entró en la catedral, montado en su caballo blanco, y la convirtió en la principal mezquita de la ciudad que ahora se llama Estambul.

Eduardo Galeano
Espejos