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New York City - They Might Be Giants
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Piazza, New York Catcher - Belle and Sebastian
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New York_city - John Lennon
New York Fever - The Toasters
Superman - The Kinks
New York City Blues 1 - Eric Clapton, Jeff Beck & Jimmy Page
Hello Brooklyn - Jay Z and Lil Wayne
Empire State of Mind - Jay Z and Alicia Keys
New York, New York (Un paseo musical)
Herramientas de viaje
Felipe Benítez Reyes
Cuando comprendió que su vida sería definitivamente una melancólica rutina de facturas y catarros, de comidas económicas y domingos sin provecho; cuando se imaginó el futuro como una bola de nieve que, en vez de ir engrosándose y tomando majestad, iría menguando, lo primero que hizo Fabián Moret fue comprarse un sable de pirata, un atlas y una agenda.
Lo más complicado, por supuesto, fue encontrar el sable, pero al fin pudo hacerse con uno - la hoja algo picada por el moho y el entorchado de la empuñadura desmochado - en un anticuario fantasioso, que se lo cobró como si con él hubiese cortado una cuantas cabezas el propio Barbarroja y fuera pieza de museo, cuando se veía que aquel sable había servido para un baile de máscaras o que procedía, como mucho del estudio de algún fotógrafo entre artístico y chirigotero, de esos que disfrazaban a la clientela de pastora rococó o de militar condecorado en el país de las nebulosas.
Una vez hecho con aquel utillaje, escribió su nombre en las primeras páginas de la agenda y del atlas y colgó el sable de una pared.«Ahora va a empezar lo bueno», se dijo. Y nada más decirlo, se acordó de que tenía por algún sitio un globo terráqueo de hueso que señalaba la ruta de Magallanes, de modo que se puso a buscarlo por el trastero y, cuando dio con él, lo colocó encima de la mesa. «Esto va cada vez mejor», se dijo entonces.
Quería hacer las cosas con el mismo método caprichoso con que se rige la vida, entre la incoherencia y la simetría, así que abrió el atlas al azar, cerró los ojos y señaló con el dedo un punto que resultó no ser otro que la estepa de Ishim, entre Poltavka y Bulaievo. Abrió la agenda y en la casilla correspondiente al 1 de enero anotó: «Estepa de Ishim. Hemos llegado de noche y el viento sopla con fuerza. Andamos mal de provisiones. Los ojos de los caballos están cada día más nublados y oscuros. Nos habían avisado de la epidemia. Mañana será otro día». Pero Fabián Moret no pudo esperar al día siguiente y al ratp prosiguió su deambular ciego por aquella página del atlas, abigarrada de nombres fabulosos y remotos: «Vamos camino de Irtish. Pasado mañana tenemos que estar sin falta en Chisttozernoie para entregar el cateljo de oro a la zarina...»
Y cada vez que anotaba uno de aquellos topónimos recreaba en su imaginación la viveza exótica de las grandes llanuras heladas, su viento con nieve de confeti, la silueta de un lobo al escurrirse entre los abetos como la imagen misma de lo turbio y lo sombrío. «Sabemos que están emboscados en las afueras de Omsk. Me enteré de que le habían robado una partida de rifles a un turco. El capitán Záitsev, responsable de la matanza de niños en Tatarsk, no ha conseguido perdonarme - a pesar de los muchos años transcurridos - el que su hija menor se escapase conmigo tras aquella fiesta del jabalí, cuando todos andábamos bailones y lascivos por culpa del vino de Kurgan, que, según la leyenda, anubla el corazón de los solteros y viudos, pues son sus pisadores los cuatro ángeles dementes que insultaron a Dios... »
Fabián Moret, de joven, había querido viajar para hacerse cosmopolita y rico, pues pensaba que el mundo era un secreto inexplorado, un inocente lugar habitado por gente sin chispa mercantil, ignorante de las posibilidades comerciales del cacao, la caoba, el marfil y los zafiros, y que sólo era cuesión de lanzarse a la conquiesta de todo aquello, con una enciclopedia bajo el brazo, para llevar a los más imprevistos lugares el misterio perfecto de la rueda, la versátil eficacia del alicage o el grato pasatiempo utilitario que representaba la máquina de coser. Pero, entre cosa y cosa, Fabián no había llegado a salir del pueb.o más que en tres ocasiones: cuando lo llamaron a servir a Montejaque y lo mandaron de vuelta al mes y pico, cuando se acercó en autobús a la verbena de Ubrique y cuando fue a comprar una partida de telas a la capital.
Había montado un bazar de categoría y abundancia, en el que lo mismo podía adquirirse una pala de botones de carey, una estilográfica que un casco de albañil, un sombrero que una brocha. Parecía aquel comercio un botín pirata expuesto al público, y tenía Fabián Moret sentimientos de mucha gallardía hacia sí mismo cuando se paraba a observar sus existencias, de género tan útil y variado, y hacía balance: «Aquí tengo invertido por lo menos un millón, sin contar las frutas y verduras», y, en los ratos en que no había clientela, llegaba a coger un papel para hacer cuentas: «Dos carrillos de mano, quince mil; veinte cajas de carretes de hilo, treinta mil; una palangana, tres mil doscientas; doce escobas, tres mil seiscientas...», hasta que sumaa todo aquello y le salía una cifra imponente, y se ponía a amasar quimeras: si llegasen de pronto todos los vecinos y se pusieran a comprar como gente tarumba, aquel unos guantes de faena, aquella un centenar de dedales, aquel otro varios bidones de pintura... Si ocurriese algo así, él cerraría el negocio por una temporada y con todo aquel dinero súbito se iría a... El dedo señaló nada menos que la región de Kardofan, donde la noche estaba muy cerrada y bochornosa, con estrellas que parecían desprenderse del cielo, por lo mucho que titilaban, con la intermitencia de un faro remoto...
Al cabo de unos meses, Fabían Moret había recorrido muchas tierras y mares. El azar le había llevado dos veces a Canadá, tres veces a Brasil y otras tantas al valle del Nilo. Había viajado en camello, en berlina y en fragata. Había tenido amores con mujeres de todas las razas y había luchado contra los caudillos más sanguinarios de la cristiandad y de la morería. Algunas noches, descogaba el sable y daba unos cuantos espadazos al aire. O giraba su globo terráqueo y decía, ahuecando mucho la voz: «¡Magallanes, Magallanes!», como si lo retara.
En el bazar, en las horas tranquilas, releía su agenda: «Mañana partimos hacia Maracaibo. El mago loco de Bucaramanga me echó una maldición, pero el progreso avanza, irreductible, a través de la selva...».
Fabián Moret echaba cada tarde el cierre a su negocio y se marchaba a casa a viajar de manera ilusoria y a dar noticia escrita de sus expediciones. Cuando no lograba trenzar una historia, miraba el sable, como si fuese el talismán de su inspiración, y entonces fluía todo: «Cuando las pobres gentes de Mabuki me vieron llegar, en mi caballo lucero, con la espada en alto...».
Nadie hubiera podido sospechar, en aquel lejano día, cuando Fabían Moret comprendió, entre otras cosas, que la vida era una melancólica huida hacia ninguna parte, para qué quería aquel viejo una espada de pirata, un atlas y una agenda.
Lo más complicado, por supuesto, fue encontrar el sable, pero al fin pudo hacerse con uno - la hoja algo picada por el moho y el entorchado de la empuñadura desmochado - en un anticuario fantasioso, que se lo cobró como si con él hubiese cortado una cuantas cabezas el propio Barbarroja y fuera pieza de museo, cuando se veía que aquel sable había servido para un baile de máscaras o que procedía, como mucho del estudio de algún fotógrafo entre artístico y chirigotero, de esos que disfrazaban a la clientela de pastora rococó o de militar condecorado en el país de las nebulosas.
Una vez hecho con aquel utillaje, escribió su nombre en las primeras páginas de la agenda y del atlas y colgó el sable de una pared.«Ahora va a empezar lo bueno», se dijo. Y nada más decirlo, se acordó de que tenía por algún sitio un globo terráqueo de hueso que señalaba la ruta de Magallanes, de modo que se puso a buscarlo por el trastero y, cuando dio con él, lo colocó encima de la mesa. «Esto va cada vez mejor», se dijo entonces.
Quería hacer las cosas con el mismo método caprichoso con que se rige la vida, entre la incoherencia y la simetría, así que abrió el atlas al azar, cerró los ojos y señaló con el dedo un punto que resultó no ser otro que la estepa de Ishim, entre Poltavka y Bulaievo. Abrió la agenda y en la casilla correspondiente al 1 de enero anotó: «Estepa de Ishim. Hemos llegado de noche y el viento sopla con fuerza. Andamos mal de provisiones. Los ojos de los caballos están cada día más nublados y oscuros. Nos habían avisado de la epidemia. Mañana será otro día». Pero Fabián Moret no pudo esperar al día siguiente y al ratp prosiguió su deambular ciego por aquella página del atlas, abigarrada de nombres fabulosos y remotos: «Vamos camino de Irtish. Pasado mañana tenemos que estar sin falta en Chisttozernoie para entregar el cateljo de oro a la zarina...»
Y cada vez que anotaba uno de aquellos topónimos recreaba en su imaginación la viveza exótica de las grandes llanuras heladas, su viento con nieve de confeti, la silueta de un lobo al escurrirse entre los abetos como la imagen misma de lo turbio y lo sombrío. «Sabemos que están emboscados en las afueras de Omsk. Me enteré de que le habían robado una partida de rifles a un turco. El capitán Záitsev, responsable de la matanza de niños en Tatarsk, no ha conseguido perdonarme - a pesar de los muchos años transcurridos - el que su hija menor se escapase conmigo tras aquella fiesta del jabalí, cuando todos andábamos bailones y lascivos por culpa del vino de Kurgan, que, según la leyenda, anubla el corazón de los solteros y viudos, pues son sus pisadores los cuatro ángeles dementes que insultaron a Dios... »
Fabián Moret, de joven, había querido viajar para hacerse cosmopolita y rico, pues pensaba que el mundo era un secreto inexplorado, un inocente lugar habitado por gente sin chispa mercantil, ignorante de las posibilidades comerciales del cacao, la caoba, el marfil y los zafiros, y que sólo era cuesión de lanzarse a la conquiesta de todo aquello, con una enciclopedia bajo el brazo, para llevar a los más imprevistos lugares el misterio perfecto de la rueda, la versátil eficacia del alicage o el grato pasatiempo utilitario que representaba la máquina de coser. Pero, entre cosa y cosa, Fabián no había llegado a salir del pueb.o más que en tres ocasiones: cuando lo llamaron a servir a Montejaque y lo mandaron de vuelta al mes y pico, cuando se acercó en autobús a la verbena de Ubrique y cuando fue a comprar una partida de telas a la capital.
Había montado un bazar de categoría y abundancia, en el que lo mismo podía adquirirse una pala de botones de carey, una estilográfica que un casco de albañil, un sombrero que una brocha. Parecía aquel comercio un botín pirata expuesto al público, y tenía Fabián Moret sentimientos de mucha gallardía hacia sí mismo cuando se paraba a observar sus existencias, de género tan útil y variado, y hacía balance: «Aquí tengo invertido por lo menos un millón, sin contar las frutas y verduras», y, en los ratos en que no había clientela, llegaba a coger un papel para hacer cuentas: «Dos carrillos de mano, quince mil; veinte cajas de carretes de hilo, treinta mil; una palangana, tres mil doscientas; doce escobas, tres mil seiscientas...», hasta que sumaa todo aquello y le salía una cifra imponente, y se ponía a amasar quimeras: si llegasen de pronto todos los vecinos y se pusieran a comprar como gente tarumba, aquel unos guantes de faena, aquella un centenar de dedales, aquel otro varios bidones de pintura... Si ocurriese algo así, él cerraría el negocio por una temporada y con todo aquel dinero súbito se iría a... El dedo señaló nada menos que la región de Kardofan, donde la noche estaba muy cerrada y bochornosa, con estrellas que parecían desprenderse del cielo, por lo mucho que titilaban, con la intermitencia de un faro remoto...
Al cabo de unos meses, Fabían Moret había recorrido muchas tierras y mares. El azar le había llevado dos veces a Canadá, tres veces a Brasil y otras tantas al valle del Nilo. Había viajado en camello, en berlina y en fragata. Había tenido amores con mujeres de todas las razas y había luchado contra los caudillos más sanguinarios de la cristiandad y de la morería. Algunas noches, descogaba el sable y daba unos cuantos espadazos al aire. O giraba su globo terráqueo y decía, ahuecando mucho la voz: «¡Magallanes, Magallanes!», como si lo retara.
En el bazar, en las horas tranquilas, releía su agenda: «Mañana partimos hacia Maracaibo. El mago loco de Bucaramanga me echó una maldición, pero el progreso avanza, irreductible, a través de la selva...».
Fabián Moret echaba cada tarde el cierre a su negocio y se marchaba a casa a viajar de manera ilusoria y a dar noticia escrita de sus expediciones. Cuando no lograba trenzar una historia, miraba el sable, como si fuese el talismán de su inspiración, y entonces fluía todo: «Cuando las pobres gentes de Mabuki me vieron llegar, en mi caballo lucero, con la espada en alto...».
Nadie hubiera podido sospechar, en aquel lejano día, cuando Fabían Moret comprendió, entre otras cosas, que la vida era una melancólica huida hacia ninguna parte, para qué quería aquel viejo una espada de pirata, un atlas y una agenda.
Felipe Benítez Reyes
Un mundo peligrosoCollection of stamps
Collection of Stamps
I've got one from Spain
and two from Japan
I've got a couple from Israel and Azerbadjan
I've got a plenty from Poland but none from Sudan
or from Fiji or Uzbekistan
You know I can't believe I'm telling everyone that I know
That every stamp in my collection is a place we could go!
And I've got one from Chad
and two from Nepal
I've got a couple from India and Benin as well
I've got a plenty from Poland but none from Sudan
or from Fiji or Uzbekistan.
Las Ciudades y los Ojos. 4 - Fílides
Italo Calvino
Al llegar a Fílides, te complaces en observar cuántos puentes distintos uno del otro atraviesan los canales: convexos, cubiertos, sobre pilastras, sobre barcas, colgantes, con parapetos calados; cuántas variedades de ventanas se asoman a las calles: en ajimez, moriscas, lanceoladas, ojivales, coronadas por lunetas o por rosetones; cuántas especies de pavimentos cubren el suelo: cantos rodados, lastrones, grava, baldosas blancas y azules. En cada uno de sus puntos la ciudad ofrece sorpresas a la vista: una mata de alcaparras que asoma por los muros de la fortaleza, las estatuas de tres reinas sobre una ménsula, una cúpula en forma de cebolla con tres cebollitas enhebradas en la aguja. “Feliz el que tiene todos los días a Fílides delante de los ojos y no termina nunca de ver las cosas que contiene”, exclamas, con la pesadumbre de tener que dejar la ciudad después de haberla sólo rozado con la mirada. Te ocurre a veces que te detienes en Fílides y pasas allí el resto de tus días. Pronto la ciudad se decolora ante tus ojos, se borran los rosetones, las estatuas sobre las ménsulas, las cúpulas. Como todos los habitantes de Fílides, sigues líneas en zigzag de una calle a la otra, distingues zonas de sol y zonas de sombra, aquí una puerta, allá una escalera, un banco donde puedes apoyar el cesto, una cuneta donde el pie tropieza si no te fijas. Todo el resto de la ciudad es invisible. Fílides es un espacio donde se trazan recorridos entre puntos suspendidos en el vacío, el camino más corto para llegar a la tienda de aquel comerciante evitando la ventanilla de aquel acreedor. Tus pasos persiguen no lo que se encuentra fuera de los ojos sino adentro, sepulto y borrado: si entre dos soportales uno sigue pareciéndote más alegre es porque por el pasaba hace treinta años una muchacha de anchas mangas bordadas, o bien sólo porque recibe la luz a cierta hora, como aquel soportal que ya no recuerdas dónde estaba. Millones de ojos se alzan hasta ventanas puentes alcaparras y es como si recorrieran una página en blanco. Muchas son las ciudades como Fílides que se sustraen a las miradas, salvo si las atrapas por sorpresa.
Italo Calvino
Las ciudades invisibles
Las Ciudades y el Cielo. 3 - Tecla
Italo Calvino
El que llega a Tecla poco ve de la ciudad, detrás de las cercas de tablas, los abrigos de arpillera, los andamios, las armazones metálicas, los puentes de madera colgados de cables o sostenidos por caballetes, las escalas de cuerda, los esqueletos de alambre. A la pregunta: —¿por qué la construcción de Tecla se hace tan larga?— los habitantes, sin dejar de levantar cubos, de bajar plomadas, de mover de arriba abajo largos pinceles: —Para que no empiece la destrucción —responden. E interrogados sobre si temen que apenas quitados los andamios la ciudad empiece a resquebrajarse y hacerse pedazos, añaden con prisa, en voz baja: —No sólo la ciudad.
Si, insatisfecho con la respuesta, alguno apoya el ojo en la rendija de una empalizada, ve grúas que suben otras grúas, armazones que cubren otras armazones, vigas que apuntalan otras vigas.
—¿Que sentido tiene este construir?—pregunta—. ¿Cuál es el fin de una ciudad en construcción sino una ciudad? ¿Dónde está el plano que siguen, el proyecto?
—Te lo mostraremos apenas termine la jornada; ahora no podemos interrumpir —responden.
El trabajo cesa al atardecer. Cae la noche sobre la obra en construcción. Es una noche estrellada.
—Éste es el proyecto— dicen.
Italo Calvino
Las ciudades invisibles