Lisboa

José Luis García Martín

En la impasible ventana un rostro
ciego. El húmedo jardín tras de la verja.
En el regazo de una joven triste
las breves rosas y la luz de otoño.

José Luis García Martín

Gran Vía (IV)

 Fernando Beltrán
Paredes, tapias y enormes
prohibido fijar carteles,
aunque el anuncio es inútil
y hasta comete el agravio
de desmentirse a sí mismo, surge
el anzuelo ideal para animar los muros
de una tarde que es ya noche cerrada
y voces de color llamándote hacia el jazz
de compartir las sombras
a espaldas de Gran Vía,
paredes, vallas, paraísos
de brocha gorda, salones
de belleza que peinan permanentes
los años ya imposibles, viajes
que siempre hablan de tierras
extrañas cuando existen
aviones al costado con las alas rotas
y buques que naufragan sus propias aguas dulces,
cataratas de manos que se estrellan
sin un cielo de piel donde alumbrar caricias,
pirámides que esconden su tesoro
y ojos como hoteles
buscando compartir
la doble habitaión de hacerse
abrazo o compañía, academias
que revalidan en nada
o en mesas de trabajo
que luego jamás gustan,
mesías de barbas blancas
y sectas que mendigan
la sed del que extravió
al dios de sus mayores
y atisba ahora en cualquier
señal su sustituto, cargas
que se venden al peso
y sótanos que vendan
su ceguera con música,
miramos la ciudad sin darnos cuenta
que la ciudad nos mira y nos imita,
niños que cruzan con carpetas
y pegatinas mudas, ciegos
que te cantan las once campanadas
de celebrar un año nuevo cada anoche
que pasa y no es el día, tiendas
una al precio de dos
vaqueros más baratos
y menús con resacas
y postres que te incluyen, guarda
cada silencio un discurso,
cada portal la escalera
asegurada de incendios
y un portero automático que dicta
sentencias desde arriba, plata
y oro de ley la compraventa
de todo lo que existe, grúas
que son como lechuzas de hierro haciendo noche
sobre el solar sin sol de este edificio, chicas
de apenas quince años que me piden
dinero para el mal trago del metro,
aunque todos sabemos que no es cierto
y me alargan a cambio
el spot con saliva
de su litrona rubia, sube
el frío desde Princesa
y una tibia bufanda cuando escupo
los gases y una dama
que pasa me desprecia
con sus gafas de aumento
por saberme tan sucio
Fernando Beltrán
Gran Vía

Privatopia

Def.: "A verbal contraction of “private utopia” referring to a planned walled-in or gated community of private homes, especially one in which a homeowner association establishes and enforces rules pertaining to such aspects as property appearance and resident behavior.Such associations, when formed in the absence of an official municipality, may also maintain and operate their own basic infrastructure, including water, sewer, trash, and fire department."
Littleton, Colorado. 

Dicho de otro modo:  comunidades donde los residentes están obligados a obedecer las condiciones y restricciones (CRs) de la asociación que posee las viviendas. Estas asociaciones muchas veces proveen servicios que habitualmente eran públicos, como la policía, el servicio de bomberos o la recogida de basuras. Las CRs regulan el color de las viviendas, el paisajismo o los derechos de tenencia. Muchas están totalmente separadas del exterior por barreras y para entrar es obligatorio pasar por arcos de seguridad. Las privatopias acogen ciudadanos temerosos de la inseguridad de las ciudades, o comunidades que quieren verse rodeadas de gente de su mismo estatus (en inglés: PLus (People Like us).

Más:
Privatopia en Atributos Urbanos
Privatopia vs ciudad pública
Evan McKenzie and Privatopia

Brujas

Carmelo Sánchez Muros

Corre veloz el tren por el plano paisaje: Llueve despacio y algún furtivo rayo deja escapar el sol iluminando, fugazamente, la torre que ha de guiar mis pasos, por las estrechas calles, hasta alcanzar el corazón concreto de la hechizada urge. Y entro en la ciudad. Me recibe el espejo estático del lago, donde los cisnes lánguidos deslizan su prumaje albo sobre las aguas, que expanden círculos, cuando la lluvia la superficie alera. Crecen los sauces sobre la alfombra verde de los musgos, como desmelenadas doncellas de leyenda.

Cae el manso aguacero sobre el verdín de aquellos edificios que alzan sus frontales triangulares, e invierten su reflejo en el obscuro verde de los adormecidos canales interiores, por donde se aventura alguna barca cargada de turistas. Llueve sobre las plazas animadas y en las terrazas de los cafés, abiertos a la luz difusa de la tarde. Suenan las camapanadas de las horas que marca el alto carillón. Luueve, sin tregua sobre Flandes.

Carmelo Sánchez Muros

Memorias de Siete Leguas

Demétere

Paloma Orozco
Demétere es la tierra del crepúsculo.
Para llegar allí has de abandonar el deseo de otras ciudades, porque sólo cuando sueñes con Demétere podrás arribar a Demétere.
Los forasteros que se adentran en el oscuro territorio no se dejan confundir por las montañas tranquilas y los frescos arroyos, de los que beben para olvidar.
Pronto todo eso cede paso a una tierra de ardiente entraña, donde volcanes de mineral oscuro abren sus fauces de cráteres en el mar de lava de Demétere.
En esta comarca salvaje siempre se espera al barquero que cruza al otro lado. Demétere, la tierra del crepúsculo, siempre contiene a Demétere, la tierra donde se espera.
En la orilla del océano de lava se forman hileras interminables de peregrinos que buscan respuesta a la pregunta: ¿cuál sera mi destino?
Saben que su sino está escrito en letras de otro en algún oscuro tomo de la gran biblioteca de la ciuda de Demétere.
Pasará mucho tiempo hasta que el barquero te lleve en su barca al otro lado, porque muchos son los que aguardan en el páramo de soledad mineral.
A veces, para hacer más soportable la espera, alguien se entretiene descifrando las palabras que escriben las estrellas en el cielo.
Pero las estrellas terminan marchitándose y las hogueras de su luz se extinguen antes de que llegue tu turno para cruzar, porque la cadena de la espera nunca acaba.
Un día, sin darte cuenta, alguien pronuncia tu nombre, y aunque hay otros que se llaman como tú, de algún modo sabes que ese nombre es el tuyo.
Y te sientas en la proa de la barca luminosa, donde tus ojos refulgen como ascuas, y antes de que te des cuenta estás en la gran biblioteca.
Cuando el barquero se aleja y miras atrás, sólo tienes recuerdo de estrellas y vértigo de cráteres.
Y entras despacio en la gran biblioteca que tiene forma de zigurat, y una voz te dice que escojas un libro, y cuando lo haces y lo abres preparas en que las páginas están en blanco:
«Escribe ahí tu historia», te dice una voz.
Entonces te acuerdas de todo y sabes que ha dejado algo atrás, algo que es tu vida; acomodas el tomo sobre tus rodillas y empiezas a escribir sin pluma en el libro virgen: nacimiento, página uno; vida, página treinta; última página, muerte.
Aún no sabes que aquellas cuartillas son la llave de tu destino, que tu obra escrita te llevará a conocer una de las dos ciudades: Sulmina, la ciudad de la luz, o Hécate, la ciudad de la sombra.
Eres tú miso quien decide a qué ciudad dirigirás tus pasos.
Todo depende de lo que cuentes, de cómo lo cuentes y de si has aprendido del viaje de la vida qu ésta no termina después de la muerte.

Paloma Orozco Amorós

Memento mori