La ciudad de las delicias

Sergio DeCopete y García

Joven de diecinueve años y una habitación perdida,
muy pobre, en el centro más antiguo de Barcelona.
Desnudo abre la ventana y así respira
algo del gentío que madruga, de las labores,
del frescor de la mañana y de sus sueños.
Y es que son éstas las únicas horas
en que su alma descansa, en que su cuerpo
sen entrega al esfuerzo del deporte
y más tarde se sumerge en los textos en griego,
en castellano, en las sabias palabras.

Pero ¡ay! en cambio el anuncio de la tarde,
cuando las horas bajan y reposan y los colores
ceden sus energías a los jóvenes cuerpos.
¡Ay! el sopor del atardecer, tan delicado,
y la conversación distendida en los cafés,
el aroma de las flores, la algarabía de las ramblas.
Qué encantador y pintoresco resulta todo,
qué inofensivo, qué inocente.

Pero el muchacho, aunque extranjero,
conoce Barcelona mejor que muchos.
Sabe que la sonrisa de quince años que ciudad enseña,
que el leve rubor, que el brillo de sus ojillos,
no son, en absoluto, inocentes, que algo esconden,
y la ciudad, como él, espera impaciente - tiembla de excitación -
los gestos extasiados, los cuerpos entregados que, junto a la noches,
a vicios y placeres se entregan sin reparos.


Sergio DeCopete y García
La ciudad de las delicias

Los adioses elegidos

Fernando León de Aranoa

En la estación de Vitebsk, entre un puesto pequeño de souvernirs y un estanco en el venden tabaco para liar Occidental Fuerte, hay un comercio de despedidas. Allí, los viajeros solitarios eligen la que mejor se acomodará a su partida de acuerdo con su estado de ánimo y con sus posibilidades económicas.

Por una cantidad ciertamente razonable, en él se puede encontrar desde el apretón de manos formal y económico de un conocido reciente hasta el abrazo sincero de un amigo muy querido; también la despedida emocionada en el andén de una familia al completo, con sus abrígate mucho y sus llama cuando llegues, sus lamentos y su llanto inconsolable, en el que se empeñan a conciencia cinco intérpretes de sólida formación actoral y diferentes edades.
La despedida más solicitada es sin embargo el beso con abrazo prolongado de una bella enamorada. Su ternura susurrada deja en nuestra solapa un leve rastro de jazmines que tarda varios kilómetros en desaparecer. Promesas de inmediato reencuentro, juramentos de fidelidad y llamada diaria, se acompañan de los lógicos reproches por la indeseada partida, que conceden verosimilitud a la escena.
Por un insignificante suplemento, la enamorada caminará unos metros por el andén en paralelo al tren, con su mirada emboscada en la nuestra, pronunciando palabras de amor que no podremos escuchar, porque lo impedirá el traqueteo creciente del tren y la indudable emoción del momento.
El arrullo de los adioses elegidos acompaña a los viajeros buena parte del trayecto, reconfortando su sueño con una levemente dolorosa, aunque necesaria, sensación de desarraigo.

F. León de Aranoa
Aquí yacen dragones

Reykjavik

Els Amics de les Arts

Ciudades de neón

Antonio Muñoz Molina

Nombres de ciudades o de países, de puertos, de regiones lejanas, de películas, nombres que fosforecían desconocidos e incitantes como las luces de una ciudad contemplada desde un avión nocturno, agrupadas como en floraciones de coral o cristales de hielo. Texas, leyó, Hamburgo, palabras rojas y azules, amarillas, violeta lívido, delgados trazos de neón, Asia, Jacarta, Mogambo, Goa, cada uno de los bares y de las mujeres se le ofrecía bajo una advocación corrompida y sagrada, y él caminaba como recorriendo con el dedo índice los mapamundis de su imaginación y su memoria, del antiguo instinto de miedo y perdición que siempre había reconocido en esos nombres.

A. Muñoz Molina
El invierno en Lisboa

El viaje - IV - Split

Jesús Aguado

Lo que me duele
no es vivir de esta forma, a medias entre náufrago
y Ulises precavido, a medias entre

viajar atado a un mástil
por miedo a no saber callar a las sirenas
con un silencio pleno y poderoso

o arrojarme a las aguas cuando baja del cielo la tormenta
que precede al placer.

Me duele estar tan lejos de Split y no escucharte
decirme cómo soy:
un héroe y un cobarde al mismo tiempo,
por las mismas razones,
enfrentado a los mismo enemigos,
el invencible derrotado, el desertor que pone en fuga
a todos los ejércitos,
el héroe que conquista lo que el cobarde pierde.

En Split me contabas lo que sé
como si fuera nuevo, me hacías a tu imagen
respetando la imagen más profunda que a los dos nos supera
y que tiene que ver con el sentido primero de la muerte.
y me decías náufrago y Ulises
y luego me besabas todo el día.

Jesús Aguado
Mendigo