Berlín



Madrid















Pájaro Sunrise

Corso Regina Margherita


Corso Regina Margherita

Dejemos que las cosas ocurran, esta vez de verdad.
No nos perdamos otra vez en el viaje
de lo grande a lo pequeño.
Llegarás a Torino en avión, atravesando los Alpes.
Prende il Pullman, y baja en la estación de Porta Susa,
camina San Donato y al pasar el cine Roma Blue
gira a la derecha. Yo no saldré a encontrarte.

Será de noche, poco después tu cara será iluminada
por la luz naranja de la parada del tranvía: Livorno.
Una ciudad bien iluminada por la noche
nos conducirá a la revolución,
de momento es la felicidad.
Japón. La terra torna ancora a tremare.
Y siento que ha sido el comunismo,
su éxito y su fracaso, la idea del comunismo,
lo que permite que nos encontremos año tras año
en ciudades tan lejanas, en poemas tan distintos.

Un poco más, y estarás conmigo.
Si consigues orientarte sólo con mis palabras,
sin otros mapas ni otros libros,
tu mente se irá reparando y llegarás curada.
Creo que me has descubierto.
Palabra por palabra, recordamos la lengua en la que crecimos,
y aún pienso que uno de los dos morirá joven.

Nos hemos quedado en Europa definitivamente
y eso es lo que distingue nuestro odio
del odio de los demás.
Si me he tomado el tiempo de explicarte esto
es para que entiendas que sé llegar a cualquier sitio,
y que como tú dijiste un día la geografía me salvó.
Sigue un poco más y ya estarás en casa.
Por la mañana abrirás la ventana
y verás la nieve sobre la que hoy volaste.

Hemos vivido mucho tiempo solos.
La casa es pequeña,
nos costará aprender a movernos sin molestarnos
pero eso ya será parte del camino de vuelta.

La luz se movía entre los árboles,
y yéndonos del río, vimos a un hombre y una mujer desnudos.
Vimos a su hijo acostado en una toalla
como si los tres acabaran de nacer.
Inclinados sobre el niño, adorándolo,
podrían ser tus propios padres y tú mismo.
La belleza es incontestable para nosotros
que hemos atravesado el infierno.

Mire donde mire están ellos
que ni siquiera se giran para ver quién soy
totalmente concentrados en su propia fe.
Después seguí mi camino deseando ser un padre
expulsado del paraíso una vez más,
pero sabiendo que quizá esa belleza, ese amor,
no se me habían entregado.

Y entendí, después del instante perfecto,
que todo se renueva de golpe: padres e hijos.
Pero nosotros cuando vamos a un lugar
no nos llevamos ningún recuerdo.
Hemos sido irrepetibles y fascinantes tantas veces al día
que nadie se ha fiado de nosotros.

Allí donde vayas, mires donde mires,
tus padres renuevan su presencia,
vigilan que todos sepan quién eres
aunque les cueste la vida.

El mar está ahí abajo. Es una calle llena.
No lo domino. Y si me tiro
¿quién recordará que venimos de las islas?
¿Por qué siento que las aguas no pudieron lavarme?
¿Por qué me suplicas que no vaya al más allá,
que no me transforme ni me ponga más vestidos?
¿Por qué me pides que sea menos de lo que puedo ser?

Yo estaba en el tejado de la casa
y tú, desde la calle,
usabas mis propias palabras para detenerme.
Pero yo cerré los ojos y me arrojé
y vi que el poder de la palabra no era suficiente
y que el amor otra vez llegaba tarde.

Yo estaba ahí desde hace tiempo suplicando
y si tardaste tanto en verme
¿qué quieres que piense de ti?

No había razón para que tú y yo
nos tratásemos como iguales.
¿Cómo se iba a comparar mi larga historia aquí arriba
con tu breve historia allí abajo?

Pablo Fidalgo Lareo
Mis Padres: Romeo y Julieta

Ciudad nativa

Luis García Montero

A fuerza de llevar los ojos muy abiertos
por ciudades extrañas,
ahora puedo ver lo que me dices,
y sin cerrar los ojos
comprendo tu desnudo,
aunque sé que un desnudo
sólo nos pertenece con los ojos cerrados.
Será porque soy parte de tu luz
y de tu oscuridad,
y voy desde las sierras a las plazas
 con el mismo silencio de tus árboles.

La luz no es inmortal, pero nadie ha vivido
nunca más que la luz, más que los firmamentos
que yo aprendí a mirar bajo tus noches
de canciones descalzas entre cristales rotos,
ciudad de noches descubiertas
por los pasos heridos de la imaginación,
bella ciudad que guardas
un ciprés en la música de un piano
como yo guardo rosas en la mirada fría.

En una de las tardes que me dejaste solo,
corrí a espiar tu bolso y encontré
dos pañuelos de agua, dos certezas de pájaro,
un hilo de carmín sobre paredes negras
y cielos limpios,
unas gafas de sol para mirar la luna
de las torres perdidas,
y el monedero desgastado
que dobla los billetes y las cartas de amor,
los campanarios y las azoteas.

Desde una lluvia nítida y lejana,
muy al norte del Norte,
te llamo por teléfono.
Una voz familiar
 me responde y comenta que florecen
las sombras de la casa,
que hace sol, un buen día
sobre los puentes viejos, los pasillos
de la Universidad,
la fauna de los bares con paisaje,
el registro civil y sus incertidumbres.

Decente y necesaria
como una biblioteca de provincias,
tiemblas en el abrigo del viajero
igual que un pasaporte que no quiere perderse,
ciudad, calor nevado,
puro contraste impuro.

Conmigo vas, porque me buscas
en la luz descosida de tus atardeceres,
y sin cerrar los ojos
abro en cada regreso mi equipaje,
mi colección de fugas,
que corren por el mundo
hasta que algún espejo les devuelve
la estatura de un niño.

Hay recuerdos y árboles forzados a crecer
con la madera deshojada
de un lápiz de colores.

Luis García Montero
Vista Cansada

Frío como el infierno

Benjamín Prado


Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
                 Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
                 lo mismo
que un oso en una jaula;
marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;

miro la calle;
                pienso en Pasolini;
coges una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.

                      La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.

                  Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
                   leo a Ungaretti,
pienso
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.

Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma

ni ninguna otra parte.
                          Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
                             de repente
alargas la mano,
que está en el otro lado de la mujer dormida...

Mientras,


yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caz lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.
Benjamín Prado
«Frío como el infierno», Todos nosotros