Las ciudades invisibles. I

Italo Calvino

No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos enemigos de derrota en derrota y resquebraja el lacre de los sellos de reyes a quienes jamás hemos oído nombrar; que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.

Italo Calvino

Las ciudades invisibles

Los bancos junto al Támesis

Berna Wang
Los bancos junto al Támesis
llevan cada uno escrito
el nombre de un muerto
en el respaldo.
Pasan los barcos con macetas de colores,
florecidas.
Pasan los cisnes
y los niños,
los perros y los viejos.
Camino despacio,
leyendo
uno a uno los nombres de todos los muertos
junto al Támesis.

Berna Wang
Pequeños accidentes caseros

Going to a town

Rufus Wainwright


I'm going to a town that has already been burned down
I'm going to a place that is already been disgraced
I'm gonna see some folks who have already been let down.
I'm so tired of America

I'm gonna make it up for all of the Sunday Times
I'm gonna make it up for all of the nursery rhymes
They never really seem to want to tell the truth
I'm so tired of you America

Making my own way home
Ain't gonna be alone
I've got a life to lead America
I've got a life to lead

(Tell me)
Do you really think you go to hell for having loved?
(Tell me)
And not for thinking every thing that you've done is good
(I really need to know)
After soaking the body of Jesus Christ in blood

I'm so tired of America
(I really need to know)
I may just never see you again or might as well
You took advantage of a world that loved you well
I'm going to a town that has already been burned down
I'm so tired of you America

Making my own way home
Ain't gonna be alone
I've got a life to lead America
I've got a life to lead
I've got a soul to feed
I've got a dream to heed
And that's all I need

Making my own way home
Ain't gonna be alone
I'm going to a town that has already been burned down

Rufus Wainwright

Río Éufrates, Siria

Carmelo Sánchez Muros

¿De dónde llega esta corriente lenta? ¿A dónde va, reptando por barrancos, desiertos y mesetas, para saciar la sed del dátil y la cabra? ¿Qué encontrará en su curso fluvial inagotable? Ha menguado el caudal. La torre que vigila imprevistas crecidas, se vence sobre el lecho de los bancos de arena, que han surgido del fondo bajo el sol implacable. Hay un niño que salta y zambulle su cuerpo en las aguas pacíficas que remansa la orilla. Bebe un pájaro errante posado en un ribazo. Abrasa el astro incendiando el paisaje: tanta luz, un castigo para el ojo sediento.

Quien nombra el río, al Paraíso Terrenal invoca, ya que marcó los límites del Edén que habitaron muestros primeros padres (simios, u hombres ya), desnudos pecadores, que iniciaran la estirpe que el Génesis relata. Miro las aguas pasar sin detenerse. Van buscando su origen movedizo y profundo, y arrastran las imágenes que las aguas diluyen... Raqqah, en la distancia eleva su muralla.

Carmelo Sánchez Muros

Memorias de Siete Leguas

Postal de Praga

Fernando Valverde
Quiero traerte al mundo que conozco,
a mi mundo de voces y fantasmas,
de ciudades que tienen un rincón
donde buscar la muerte.

Mi mundo es tan oscuro sin el tuyo...

Ahora miro al Moldava,
el agua se suicida en cada margen,
la ciudad está quieta,
es un dolor gris sin dioses ni esperanza,
muchas guerras después
aquí la gente huye
de cualquier ilusión pronosticable
y el cuerpo se contagia
de un temblor parecido a la humedad.

Las paredes son grises como el humo,
hay un final después de las palabras
que parece romperse.

Y en Vysehrad se mueren las palomas,
el invierno es tan frío que resulta
una herida en las manos y en los pies.

Pero aquí nadie tiembla, todos saben
que es cuestión de fortuna y de equilibrio.
Todos creen en la espera.
Y el dolor se acostumbra,
el tiempo se acostumbra,
el miedo y la tristeza se acostumbran
a vivir sin rencor.
Nada tiende a romperse, todo queda
empapado después de una tormenta,
de una frágil tormenta que sostiene
un milagro de voces,
un dolor tan amargo como el frío.

Fernando Valverde

Razones para huir de una ciudad con frío